Fuera de (su) órbita

Déjame contarte sobre la primera y última vez que sentí el ghosting.

Mi primera conversación con Lucas * duró cuatro horas. «Cuéntame la historia de tu vida», dijo. Actuaba absorto, como si las historias mundanas de mi infancia contuvieran algún código secreto que lo condujese a su futura felicidad.

En nuestra segunda cita, pagó un café extra para la anciana que esperaba detrás en la fila del 365. «Solo estoy presumiendo», le dijo a la mujer, guiñando un ojo, «para impresionar a esta chica».

Jaja, pensé, la verdad. A mí no me da para el tabaco de esta semana. En qué momento le dije que era feminista, que a partes iguales blablablá. Tenía 17 años.

Una noche estábamos parados en un parque y literalmente me abdujo con sus brazos y miramos las estrellas. Eso es Neptuno, dijo. Asentí. Qué mono, es imposible observar a Neptuno sin tecnología avanzada, pero si cree que puede abarcar 4300 millones de km con esos ojitos verdes me vale, pensé. Él tenía 20 años.

Era como si estuviera haciendo una pantomima exagerada de un protagonista masculino en una pel·lícula de Garry Marshall: seguía presentándose con extravagantes citas «modestas» y observándome mientras comía una pizza recalentada. Nuestra relación se caracterizaba por estar incómodamente llena de momentos vacíos.

Aun así me gustaba, me gustaba gustar. Tuvimos unas 8 o 9 citas más. Un día sus mensajes eran formato telegrama, sosos. Al otro no había ni mensajes. Este gilipollas que se cree que puede ver Neptuno, recién llegado de la NASA, no te jode. Pensé.

Como un gusano escarbando tus entrañas, el odio parecía restregar-se sobre mi piel.

El ghosting te hace sentir como una mierda. Eso es a propósito. Las personas cancelan cuando no quieren experimentar las emociones negativas implícitas al rechazo de otra persona. El astronauta no quería encontrar las palabras adecuadas, lidiar con la ductilidad de sus sentimientos o sentir culpa por un momento. Es un impulso identificable, pero cobarde: al tratar de evitar una situación que él hubiera encontrado personalmente desagradable, me hizo sentir como la lata de cerveza pisoteada en un botellón, a centímetros de ser basura.

La última vez fue aún peor. Me crucé con él en la calle y no sabía como mirarme. Me sentí basura, así directamente. Releí en fracciones de segundo nuestro chat y recordé aquella noche ad nauseam. Nada fue mal, aparte de la chapa filosófica que me cascó de madrugada. Quiero dormir, pensé. Hace una semana.

Al día siguiente el sol me levantó a media mañana. Había café y me quedaban dos cigarros de la noche anterior. Me pasé una hora en la ducha vaciando mis pulmones con Bad Bunny. Comí chaulafán y fui a clase mientras escurría una Coca cola zero. Terminé tomando unas cervezas con las de la uni y me casqué toda la Isla de las Tentaciones con mi compañera de piso. Él me envió un dm preguntando qué tal el día. De locos, pensé. No se lo escribí. También hace una semana.

Que me cae genial, tiene unos ojos redondos como caramelos de café y se sabe toda la discografía de Jimi Hendrix, pero no lo sé.

Lo peor es que yo fui su astronauta, y seguramente me mandaba a Neptuno si pudiese. Qué decirte, si yo soy de letras.

Publicado por Clàudia Segura

Journalism student :)

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